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13. El pasado presente.

Me llegó una variedad de comentarios en reacción a El secreto, el relato anterior. Y todos de un tenor consentido. Qué alivio no haber recibido ningún mensaje de odio. Es que, cuando se trata de clases y razas, de supresión y de racismo, de rencor y de olvido, somos tan influenciables. Las emociones que rodean el tema están inveteradas durante tantas generaciones, que nos cuesta percibirlas y menos cuestionarlas. Déjame compartir primero el comentario de Ana María, paceña de nacimiento y habitante de Santa Cruz al lado de su esposo holandés hace ya casi cuarenta años:

“Qué bien guardado tu secreto, no sabía que escribieras tan bien… y sí, los bolivianos somos complicados intrínsecamente, muy distintos a los europeos, sobre todo del norte, tu artículo se presta para muchos comentarios, pero lo que me sale del alma en este momento – justamente porque yo tuve la oportunidad de meterme en almas de europeos del ese norte, y de aimaras de este sur – es que son muy distintos, y me es difícil situarme ni en los unos ni en los otros – sin ir muy lejos, la reacción del europeo es plana (sin ofensas aquí), dicen lo que piensan, no tienen recovecos, pero tampoco filtros, o muy pocos, todo lo contrario de lo que es por aquí, aquí se baila al son de los golpes y de los besos, se los esquiva o se los recibe, siempre guardando el pensamiento final para uno mismo…”

Me es muy claro, tantos años de convivencia con bolivianos no han podido tocar la planicie de mi alma holandesa. Mi renacer no llegó a tal profundidad. Más bien mi alma se desnudó hasta la roca volcánica y por el fuego que vive debajo suyo, entró en erupción. Aparte de unas pequeñas secuelas, que me costaron noches de poco dormir, trato de volver a mi serenidad, en serio.

En su largo comentario JLVL, el periodista, tan amorosamente apunta que sacaría su máscara ante mí, y confiesa, de buenas a primera: “No soy aimara”. Esta frase tan simple, ¿qué me revela o qué precisamente cubre? Me deja endilgada con una adivinanza y mejor lo dejo a él solucionarla.

Lo que sí puedo contar es que, de un salto, la misma frase me llevó a volver a las mesas de dueños de pianos, donde ellos nos invitaron a almorzar. Durante el postre o el mate de coca digestivo, justo al salir la cholita hacia la cocina, escuché decir: “Había muchos indios en el Prado”, por personas muy respetadas de la alta sociedad. Y sin pestañear, lo que me fascinó enormemente por lo sinvergüenza. Hasta que me enteré que hacía poco el centro de la cuidad era área prohibida para los indios. Inclusive sentí que me concedieron un bono: que yo, como europea, fuera invitada a ser miembro de su clase. Y al mismo tiempo escuché la insinuación de que buscaban agrandar su estatus frente a mí, la europea. Pues nunca sentí la atracción por este club, por más noble que sea.

Pasamos una agradable visita de almuerzo donde un muy amigo nuestro, lo llamaremos Rafael como el arcángel que es. Él nos cuenta de sus intentos de formar una relación personal con las cocineras de su restaurante: “Sabes, son hijas de masistas. Y cada mañana les acerco tranquilo y amablemente, hablo del tiempo o algo de por allí, hago un cumplido sobre su trabajo del fin de semana, pregunto por la salud de sus papás, y no llego a nada más, por mucho que lo pruebe. La iniciativa siempre viene de mí, me doy, regalo y comparto, y todos los esfuerzos parecen caerse en un gran vacío.” “Entonces, ¿no hay otra forma?”, le preguntamos. Suspira y dice: “Hay que intentarlo cada día, es cada día empezar de cero, no veo otra.” Y mientras se disculpa un ratito para traer otra botella de vino tinto, me doy cuenta que hoy en día las ven como masistas. Y que fue hace tan poco tiempo que con cierto afecto las llamaron ‘paisanitas’.

Refiriendo a la pregunta de mi relato anterior, Rafael comenta que en toda Bolivia no existiera ni un solo Mandela. Le respondo: “Pero tú lo eres. Si no eres tú, no habrá esperanza. ¿Por qué no te postulas como el próximo alcalde de Samaipata?” Y él dice: “Oh no, seguro que me voy a volver corrupto.” Le aseguro: “Estoy convencida que podrías ser un alcalde angelical, Rafaelito.” Reflexiona un ratito, su cara algo desolada. Casi como de disculpa cabecea NO. No me responde de todo corazón, algo no admite. Me deja con sentimientos mezclados, se desprende de mí, de mi intensidad, y me deja sola. Los que siguen son sus sonrisas y sus ojos cariñosos dirigidos a mí. Y mientras que comemos el delicioso almuerzo vegano, pienso sin querer: otro boliviano capaz que prefiere sentirse triste o indignado a comprometerse y a iniciar un cambio creíble para su pueblo. ¿O retrocedería por el enorme reto que le esperaría en el ámbito de la política? ¿O será que verdaderamente tema por algo oscuro en su ser?

Tal vez está relacionado con la advertencia que nos dio don Prudencio, nuestro primer amigo en el pueblo. Él es el albañil más confiable, según el viejo farmacéutico don Héctor, y nos ayuda a terminar la casa. Con su sombrero de fieltro valluno y sus pies en sandalias de cuero hechas a mano, veo aun su esbelta figura arrodillada sobre las filas de mosaicos verdes en el piso de la casa. Tomando el cafecito de la mañana con él hablamos de todo o de nada, y de pronto ya intercambiamos confidencias de la vida entre nosotros tres.

Un día conversamos de una matanza que se dio en los valles cercanos de Samaipata y del posible peligro del nuestro vivir tan aislados. “Cómprense mejor un arma, una pistola o un rifle,” sus ojos nos suplican, mientras su voz nos advierte: “Además, tengo una duda, lo que no puedo entender de ustedes es por qué eligieron este país. Deberían saber que somos descendientes de soldados y criminales españoles. Enviaron a los más inferiores de su sociedad a este continente, de manera de liberarse de ellos. Somos un pueblo de bastardos, de mestizos, no nos podemos confiar ni entre familia”. Aún puedo sentir el calor de la indignación que me subía en aquel instante, cuando yo lo prorrumpía: “Cómo puede usted hablar así de su propia gente. ¡No lo puedo creer que uno pueda hablar así de su propio país!” Me miraba un poco asustado por mi vehemencia, pero sin embargo insistía: “Créanme, les advierto, tengan cuidado, en especial con los políticos. Qué se queden siempre alertas, por favor.”

Nos chocaba escuchar sus palabras duras. Todavía no pudimos soltar la imagen de la Bolivia Mágica a la que recién habíamos llegado con tanta ilusión. Comprábamos la pistola que se quedó muchos años en la lata de leche en polvo. Solo una vez fue usada cuando él, que se siente guardián de la Finca con todo su ser, disparaba una sola bala justo al lado de la oreja de un ladrón reconocido, neto samaipateño, avisándole: “La próxima entrará en tu cabeza.”

La pintora artista Ejti Stih me escribió desde Eslovenia, donde está ya hace meses atrapada por la pandemia. Extraña a Bolivia por más acomplejada que sea. Se sintió honrada al ver la foto de su cuadro, la que yo usaba para embellecer las frases de mi simple castellano. Ambas llegamos como mochileras a Bolivia en mil novecientos ochenta y dos. Y de repente empieza a percatarme de que también anduvimos ambas un camino bien comparable. A través de sus cuadros grandiosos, reconozco en ella a mi hermana espiritual y, al tocar los temas ineludibles de este país, a una compañera de armas. Ella, con los colores fuertes de su paleta; yo, con las manos en la tierra y, tras los telones, activa en el pueblo de Samaipata. Ya cuántos años damos expresión a la conexión que sentimos por la Bolivia que tanto nos intriga.

Este mes festejo un año de escribir mi blog como Melendre. Fue un regalo a mí misma. Mi cerebro está súper sacudido por el tanto cavar y suelta frases que hasta a mí misma me sorprenden. Sí, como la escritora Carolina Ricaldoni comenta, me permite una libertad que aún me falta en compañía. Me gusta que me lean, me gusta transmitir lo que me surge y espero que llegue en tierra fértil. Si me atrapan predicando, avísenme. Ni la madre superiora, ni la duquesa, como algunos me llaman, deberían ser la misma que soy yo como Melendre. Puede que la creación de la Finca no me fuera suficiente. Necesito estas palabras para expresarme más fuerte, la voz alta de una campana clara. Y me alegra, es la buena hora, me queda poco tiempo. ¿Hasta cuándo tendré buena cabeza? Y, por favor, que no me diga ahora lo que ya escucho decir, las tonterías de la cortesía de siempre. Dígame algo que me pique, que me sorprenda, que me excite, que me mueva aún más. Hágame reír. Porque estoy envuelta por una rara desazón: tengo ganas de dar el dedo mayor a todo el mundo, que tan rosado no se me parezca hoy en día. Pare. Mejor que me dé un empujón. Seguirá con unas cavilaciones y tecleándolas se me pacificarán.

Por mis pómulos pronunciados, cuando pesaba quince kilos menos, me preguntaban a veces si tenía ascendencia rusa. Mi madre nos contaba que había una historia en la familia de que uno de sus tatarabuelos había venido caminando desde Europa del Este, quizás Rusia, hacia Alemania y así hasta Ámsterdam. Y que fue vendedor ambulante con toda su tienda de hilos, cintas, alfileres y tejidos finos encima de su espalda. Y me recuerdo que siempre tenía yo unos pelos crespos, a los que mi hermana menor Evelien se dedicaba los diez minutos cada vez que le daba el impulso de buscar y tirarlos de mi cabeza, a modo de caricias. Le extraña a ella que mi cabello esté diferente por la vejez. Veo más pelos crespos que antes y recién encontré un solo pelo negro grueso entre mi pelo ralo y laso de color sal y pimienta, justo encima de la cabeza. Estoy segura que tengo unas células mongólicas, mi piel es bastante amarillenta, o quizás hasta africana en mi cuerpo. Claro, no soy negra, pero sabemos que la raza humana es una sola y que tiene su origen en África. Y a veces mis ojos se ven tan pálidos por la mañana, que me pongo una línea color gris oscuro como sombra de párpados. En contraste a lo que él me dice, porque me quiere consolar, que para él son profundos ojos monasterios. Me hacen recordar demasiado que originalmente veníamos del mar. Y me hacen pensar en los ojos de peces recién levados del mar para el consumo humano.

Desde que leí el libro ‘Evolución, el mayor espectáculo sobre la Tierra’ de Richard Dawkins, biólogo evolutivo, hace unos tres años, veo hasta los bichos más horrorosos o chiquititos como mis primos hermanos. A excepción de las moscas, los sancudos y los chulupis, al buscarse refugio en la casa solamente para burlarse de mí.

Oye, el petardeo sigue en el pueblo, me ensombrece la mente aún más. Nos llegó la primavera, su luz apagada por el humo, otra punzada. La Tierra seguirá renaciéndose, sin o con nosotros, a ella no le importa nada. Ah, sí tan solo pudiéramos ser todos tan ingenuos como las lechugas. Aunque existan variedades entre amarillento, verde claro, verde oscuro y morado, crespo, suave y crocante, entre amargo y dulce, ellas no aspiran más que a recibir compost y riego, y de nuestro cariño un poquito, y ya tan hermosas se ven en nuestras terrazas, tan apetitivas y sanas y pacíficas. Bajaré a cosechar una gorda, una brillante morada crespa, y seguro, me armonizará.

Samaipata, entre 10 y 21 de septiembre de 2020

Fotos adjuntas:

–Paisanitas, plaza de Samaipata, 15 de diciembre de 1985, foto Anne Gotschalk

–La pistola en la lata de leche en polvo, foto autora

–Escultura de Patricia Piccinini, cera, 2009, Australia

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Comments (2)

  1. José Luis Vega López Reply

    Melendre siga pensando en la Bolivia Mágica, Finca La Víspera, es parte de esa Bolivia.
    Melendre y el Trovador este año 2020, no pudieron viajar a la tierra  de Rembrandt y tuvieron que quedarse todo el año en Samaipata. Pienso que fue muy bueno, fue otra clase magistral de cómo vivir en Bolivia en tiempos de Pandemia y de crisis política.
    Sigo con la firme promesa de quitarme la máscara y lanzo otra adivinanza :
    Blanca por dentro verde por fuera, si quieres que te lo diga….

  2. Rosa Leny Rodriguez De Vega Reply

    Gracias Melendre por nombrar la Bolivia Mágica, donde el Oriente es paso y verso obligado.
    Hoy quiero recordar esta tierra mágica, con los versos del vate cruceño Raul Otero Reiche.

    ! Santa Cruz de la Sierra, solitaria
    de América del Sur, nido de amor!
    tú me inspiras el himno y la plegaria
    con el matiz, el pájaro y la flor.

    Bienvenidos tus campos a esta farra
    de auroras, con sus verdes taquiraris
    y sus hermosas mujeres ; una garra
    prieta en sus senos : sangre de siraris.

    Las nuevas gentes vienen y a tu oído
    preguntan : ¿el tesoro, dónde está?
    y tú les cuentas, en lenguaje ardido,
    la leyenda de Guelgorigotá.

    Maravillosa Santa Cruz, ¡ Es Ella!,
    dijeron al mirarte tan divina,
    y no obstante tan lejos… una estrella
    clavada en la traslúcida vitrina.

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