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3. No me aburro en Bolivia

Esta tarde me desperté de la siesta ya formulando las frases para comenzar un nuevo capítulo de Memoralias. La alarma de la cabaña de una familia de súper ricos cruceños resuena todavía en mi mente. Esta mañana durante un desayuno de panqueques de quínoa con fruta fresca, ya no nos queda el yogurt, dos horas pasaron hasta que la apagaron. La carretera está bloqueada desde hace un mes, los cívicos reunidos anoche decidieron desbloquear hoy, esta noticia más la alarma tan cercana, me inflamó a ver imágenes de robo, de violencia, de campesinos peleando con agricultores, de choferes arrollando bloqueadores con camiones enormes, ya esperando allí tantos días el libre paso. Los amigos en Holanda nos preguntan si fue de verdad un golpe de estado, si vemos un futuro en Bolivia y nos ofrecen albergue en su casa. Gracias, les contesto y adjunto una rosa roja en WhatsApp. Si saben leer castellano les enviamos los enlaces de BBC, El Deber, Cabildeo de Amalia Pando y Página Siete, cuando sus reportajes nos convencen de ser lo suficientemente informativos. Los jóvenes trabajadores en la finca nos preguntan si vivimos algo así ya en el pasado. Nunca se vio aislado por tanto tiempo Samaipata. Y nunca me sentí tan inmersa y emocionada como en este mes. Pero sí, vivimos tiempos enervantes, como recién llegados al país, me recuerdo:

Las gasificaciones en la calle Evaristo Valle, los militares en el poder. Entrando al país del lado de Perú, en enero de 1982, esperábamos encontrar un país deprimido, lleno de mineros oscurecidos, un país debajo de una nube de tristeza y pobreza, de torturas y rebeliones feroces, es que la fama de Bolivia era así. Y lo increíble pasó: nos enamoramos de La Paz a primera vista. La bajada del bus del altiplano desértico, bajando, bajando, curvando, curvando, el cerro Illimani en todo su esplendor, la ciudad brillando debajo del sol fuerte allí en las profundidades y las casitas como plantas trepadoras cubriendo las colinas. Los colores, las mujeres de pollera en los mercados, su fuerza inconfundible, los artesanos, los talleres, sastres, carpinteros, forjadores, las herboristas, la apariencia de facilidad de la vida cotidiana, con todo eso nos demostraron los paceños una convicción cierta y clara: esa es nuestra vida, y así no más es, punto.

Y la misma certeza nos contagió a quedarnos a vivir cinco semanas fluidamente en la ruina de una casona, Gran Hotel, en la Evaristo Valle casi esquina Plaza San Francisco, justo en el corazón más bullicioso de la ciudad. La calma de los movimientos, como si fuera lo normal aquí, de los mozos en sus trajes formales de negro y blanco en el restaurante Los Laureles, a media cuadra, con la cual cerraron los portones de madera pesada con los picaportes de hierro forjado hace siglos, porque otra vez venían los policías gasificando a los manifestantes, bajando hacia la plaza, cada vez que tomamos el café con leche allí, tanto me encantaba. Qué gracia, qué sequedad, esa gente sabe la vida real, ¡genial!

Los socialistas en 1984 están en el poder, los bancos extranjeros todos cerrados. El cónsul nos aconseja viajar a Lima para ir a un banco a recoger el dinero a transferir, ya que el dueño del terreno en Samaipata quiere recibir el pago en dólares, por supuesto. La devaluación del peso boliviano ya llegó a miles contra el dólar. Veo a los cargadores indígenas curvados debajo de bultos de paquetes de billetes amarrados en cubos grandes cruzar la avenida Camacho en La Paz. El dólar ya no está permitido, los cambistas, cuando tratan de seguir con su oficio en la Camacho, se arriesgan a ser cargados en los camiones de la Policía. Y los llevan, a decenas cada vez. Para conseguir dinero en efectivo para nuestro sustento diario y el viaje a Perú por tierra, nos dirigimos a El Libanés en la calle Genaro Sanjinés, subiendo media cuadra desde la Potosí, atrás de la tienda de electrónica de la esquina, donde el árabe rollizo nos cambia amablemente los cheques de viajero en dólares a pesos bolivianos. Qué asombrosa la clandestinidad, qué extraño pero, que tanta gente esté en la fila para cambiar dólares o pesos, ¿es prohibido o no lo es? Qué país extraordinario es Bolivia, nada es lo que parece, me intriga. 

A fines de agosto, ya estábamos por terminar la obra fina de la casa nueva, teníamos la suerte de poder viajar a Holanda a recoger más ropa y cositas queridas personales, en un vuelo ida y vuelta de Lufthansa de La Paz a Frankfurt por un precio ridículo de 350 USD, pagado en pesos al cambio oficial. Llevando los ochenta kilos en dos maletas enormes, con todo lo necesario, de regreso a La Paz, nos espera el paro de transporte aéreo. La habitación oscura del hostal antiquísimo en la calle Guachalla nos alberga las dos semanas de la espera, llamar al aeropuerto cada día, aguantar las tensiones, las manifestaciones, el juego otra vez entre cambistas y policías. Mientras caminamos y caminamos, subiendo y bajando, con el entusiasmo de dos perros dálmatas conociendo hasta las rinconadas más aisladas de los mercados arriba de la Plaza San Francisco. Y aunque querríamos volver a Samaipata a empezar finalmente nuestra próxima vida, ésta ya se había emprendida, porque siempre iría a ser así: bloqueos, paros, protestas, y meses de una paz aparentemente eterna, alternándose. 

Pasaron dos días. Ayer salió el audiovisual de la charla de Evo con un seguidor en los medios. Le dio consejos de cómo bloquear, hablando de su tiempo de cocalero bloqueador en 2002. Más interesante para mí: el seguidor le puso Papi como nombre y apellido en el WhatsApp, bien visible. Seguro siente la necesidad de un papi, muchos en este país se sienten abandonados. Me recuerdo la entrada del Papa de Roma y cómo lo recibieron, como si fueran todos huérfanos los cruceños, los tarijeños, y donde más haya aterrizado el Papa. Y hoy están bajando los huestes de Evo, como los describe ya no me acuerdo quién en qué radio o periódico, en hordas de miles de El Alto a la ciudad de La Paz. Será por vejez, será por el tiempo, está tronando encima de la colina, será por qué sé yo, pero siento un tiro fuerte de pánico pasando por mis entrañas. Me susurro, cálmate, cálmate, míralo a la cara. Luego me enfado, me indigno, me enojo y siento un disgusto enorme de asco, toda esta batalla de bolivianos contra bolivianos, que ya tantos años tenemos que vivir y revivir, y entender y analizar de tantos lados. La historia colonial, la educación pésima, la política ególatra, la indiferencia, el odio, la incomprensión, el tono de la víctima, del resentimiento, la amargura, el tono desdeño, las estupideces, la ignorancia, las caras mascaradas, la desconfianza, los silencios, los secretos, los corazones de piedra, la hipocresía de la cortesía, y todo el mundo piensa tener la razón a su lado. Y tú, ¿dónde estás tú en esta amalgama de emociones? Estoy al lado del entendimiento, quiero entender a todos y no doy la razón a nadie, y eso cansa, estoy cansada. Sin embargo, veo dos soluciones, aleluya, a largo plazo, lo lamento. Primero: que se procreen entre todos, enamórense jóvenes, y rápido por favor, colla y camba y todos los demás plurinacionales y cívicos. Para que salgan de las trincheras, con la esperanza de crear una descendencia de gran resiliencia. Dos: que se eduque a la niñez empezando en el pre kínder, a ser abiertos, creativos, sensitivos, flexibles, curiosos, inventivos, sociales, dedicados, y todo lo demás necesario para crear una sociedad, en el verdadero sentido de la palabra… Y por el resto, lo que me queda es escribir unas pocas palabras para desahogarme. Y hablo con quien quiera escucharme, demasiado, hasta que mi cabeza se marea, y decido no decir ninguna palabra más, hasta que la próxima oportunidad me invite a seguir hablando. ¿Y me pregunto quién de los candidatos a la presidencia ofrece una política socialdemócrata, sin ser un corrupto, opresivo, fraudulento o narco, para que los abandonados se sientan incluidos, algún día? Si no…

Samaipata, entre 18 y 25 de noviembre.

 Fotos adjuntadas:

‘Mamala Quinoa’, de Valentina Campos, Totorkawa, Cochabamba, Bolivia

‘Resiliencia’, encontrada en harmonia.la

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