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5. Saltó una iguana contra la ventana.

          Todavía, no por mucho tiempo, conocemos a un adulto joven, que buscaba soltarse de la vida cómoda, la zona de confort, como él mismo la suela llamar, en la cual vivía desde su nacimiento, sin darse cuenta por muchos años que existiera una puerta de salida. Después de diez años de esclavitud en una empresa como ingeniero de sistemas y con la relación recién quebrada, decidió entregarse a su amor por el estudio de piano en Buenos Aires, donde se quedó dos años. Le daré el nombre que coincide con su naturaleza alegre y actitud expectativa, topada con una salsa de imperiosa dignidad, sazonada con una testarudez deliciosa y el gusto para los bombones de chocolate: Ovidio, el poeta de Metamorfosis. Cada vez que nos escribe un Whatsapp con la pregunta: “¿Cuándo nos vemos otra vez?”, digo a Clemens: “¿Te parece jueves ya?” Y le respondo: “Jueves, cafecito a las 10.30?” Leo la respuesta “Listo” y me alegra, sabiendo que tengo que dormir bien la noche anterior y así prepararme para un encuentro vivaz, lleno de rizas y relatos sobre experiencias nuevas o pasadas, acompañado de gritos de consentimiento u horror, o los silencios activos de la comprensión digestiva. Fue Ovidio que me puso en el camino de este blog, por los cuentos prometedores sobre su propia aventura de un curso de escritura creativa, para volverse escritor de una novela, por salir este año seguro. Compartimos los cuentos de nuestro mundo de vivencias, la búsqueda, las dudas y los logros de una vida de la libertad espiritual y creativa. Y el alivio, una y otra vez, de haber escapado de la obsesión por “la ley de los rendimientos crecientes” del sistema.

          Él es el último de una serie larga de jóvenes, hombres y mujeres, que se acercaron durante todo el tiempo que vivimos bajo un solo techo. Ellos trabajaban, vivían o venían a pasar unas horas íntimas con nosotros, la intimidad de espíritus afines, por un tiempo. Voluntarios y practicantes universitarios, alojados, ayudantes en la oficina, cocineras y mucamas, muchos si no todos en una fase transitoria importante. Vienen y se van, llegan y desaparecen, y así va ya cuarenta años. Y me encantan, me regalan su confianza, sus dudas, sus tristezas, su coraje, nutren mi ser, les doy mi espontaneidad, mi alma, mis cuentos, cuando me los piden y me pueden escuchar. A veces no tienen la paciencia, tan llenos que están de sus propias perspectivas. Algunos nos defraudaron la confianza, garrapatas, víboras, dañando la vulnerabilidad mostrada. Casi me muero, luego me pongo ropa de luto y vuelvo poco a poco a la sanidad. Y me abro de nuevo, no me puedo frenar. Acepto que llevo la roca de mi alma en la palma de mi mano y que los roces sirven para esculpirla.

            Una metamorfosis, dejar tu zona de confort, no quiere decir que te sumas a otra vida cómoda. Al contrario, exige tomar la responsabilidad de uno, es riesgoso, va en contra de tu entorno familiar, es apostar por la tarea de dedicarte cien por ciento a una nueva vida por crear. Una vez hecho los primeros pasos, el camino se abrirá de por sí. Regala milagros y la compañía de ángeles, y uno aprende a dar la mano a las sombrillas de las dudas por la pérdida atemorizante de tu identidad. Hasta que se forme otra, como una piel fresca, hasta que te llegará la hora de botarla otra vez, y otra vez. Y mírame ahora, de noche me despierto, y él también, nos quedamos silenciosos, de espalda, ojos abiertos, y finalmente concluimos: “¿Qué extraño, qué maravilloso, qué belleza, qué justo, qué terrible también, no, es todo?”, refiriéndonos a la posición de la Tierra, dentro de la Vía Láctea, y ella en todo el Cosmos. Y, a la vez, a la ceguera de la especie Homo sapiens. Es que la seca realidad o la vejez, o ambas, suelen hacerse sentir mejor de noche y te llevan a ver la situación desde años luz de distancia.

Metamorfosis

             Cuando tomábamos el avión de Lufthansa en Frankfurt, noviembre de 1984, nadie nos estaba despidiendo con los brazos arriba de la cabeza, agitando el pañuelo mojado de lágrimas. En aquella época de los ochenta la economía mundial pasaba por una crisis y la gente era cautelosa y conservadora, atrapada en su trabajo y posesiones. Según la mayoría de nuestro círculo de amigos, conocidos y familiares, éramos un par de excéntricos con la vista aferrada a una visión que ni siquiera nosotros mismos la podíamos explicar a ellos en términos entendibles. Singular es la convicción de los únicos dos que parecieron entendernos: una tía, ex maestra, monja clarisa, ya viviendo en un monasterio desde sus veintinueve años. Nos explicaba que buscábamos el paraíso perdido. Y un amigo, ex sacerdote, ex misionero, que trabajaba en una comunidad indígena en la Sierra de Perú, echado de Chile por Pinochet por sus ideas subversivas. Él nos llamaba Andantes de Dios.

         Allí, en Samaipata, nos estaba esperando un terreno verde, donde siempre brillaba el sol dorado, cubriendo todo con el color resplandor del oro caluroso. Y Bolivia, un país con pueblos y ciudades situados entre la Edad Media, el siglo diecinueve y los años veinte, quizás treinta, del siglo veinte, como nosotros lo veíamos en aquella época. Me conmovían o asombraban el estilo formal de los parques urbanos, las poses rígidas en las fotos coloreadas de la pareja o del abuelo militar en la pared, las librerías mohosas y polvorientas con los libros hechos de papel barato, las iglesias con los santos vestidos y los cristos sangrientos, la ropa dominicana de los niños, el circo con un solo león, la ropa de obediencia del personal de oficinas y de las empleadas domésticas, los maniquís desteñidos y dañados, las únicas dos camionetas, anticuadas, pero rodantes, de doña Luz en la esquina de la plaza y de don Emilio en la carretera, el esqueleto oxidado de la flota samaipateña, las trenzas tan largas, las familias tan buenas, educadas y civilizadas de la supuesta elite, las diferencias escondidas entre señoras y doñas, las máquinas de escribir al frente de Los Impuestos, la decencia de las mujeres de cierta edad, el espacio y los paisajes panorámicos sin fin, las noches increíblemente claras de la luna llena gracias a la falta de luz eléctrica, los desfiles políticos de los feriados, solamente seis habitantes por kilómetro cuadrado de promedio (en Holanda, 450 en un territorio más pequeño que Tarija), la procesión de Semana Santa, las filas ordenadas y la ropa blanca uniforme de las alumnas, las bandas, la música romántica de “Porque me arrastro a tus pies, porque me doy tanto a ti”, el lenguaje coloquial de cortesía, la esposa del sastre cosiendo los márgenes de costura de los pantalones a mano. Esa realidad coagulada me hacía recordar las escenas en las fotos en sepia de mis abuelos y de la juventud de mis papás: la inocencia, la fe del convencimiento burgués, el orden, la seguridad, la certeza, ignorantes aún de que iba a ver una guerra mundial número dos, que cambiaría su mundo por completo.

         Este mundito tan pacífico a la vista, no obligaba a nada, no exigía involucrarse y nos servía como una música de fondo sin pretensiones.  No pertenecíamos a ninguna clase y podíamos relacionarnos con todas. Esta posición nos dio el lujo de un espacio libre, enorme, en donde podíamos reinventarnos, un lujo imprevisto. Desligados de las normas y el ritmo de allí, Europa, y dos bichos raros acá, sin los complejos de estatus, de raza, de modales, de discriminación, explotación, opresión y género, empezábamos a desplegar nuestros talentos, hasta los dormidos y no conocidos. Y los usábamos.

             Sin embargo, lo más remarcable tal vez es que los habitantes de este mundo petrificado nos querían recibir. No encontramos ningún tipo de hostilidad, sí timidez, las miradas bajas al principio. Nos sentimos bienvenidos, nos acercaron con benevolencia y pronto ya nos invitaron a compartir su vida diaria. Y por debajo irradiaban un deseo expectante, como si hubieran esperado nuestra llegada ya desde hacía tiempo.

         ¿Y el título a qué se refiere, me preguntas? Tanto me gusta el título, no lo puedo borrar. Iba a ser uno de mis cuentos para contar a Ovidio durante su próxima visita. Porque imagínate que viviéramos todavía en Holanda. Nunca hubiéramos podido ver una iguana saltar contra la ventana durante el desayuno de una hermosa mañana de verano, a comer los bichos nocturnos, que se quedaron allí a esperar su suerte. Ahora aparece aquí y sé que Ovidio lo leerá tan pronto que salga.

Samaipata, entre el seis y el dieciséis de enero de 2020

Foto adjuntada: ‘Metamorfosis de las nueve Piéridas’, dibujo de Peter Vos, 2003, Utrecht, Holanda.

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Comments (2)

  1. Jorge F. Rojas Bonilla Reply

    Hermosa vivencia parece una novela, pero es la vida de dos Holando_Samaipateños muy bonita muy real y así había sido…. La vida, misteriosa desde la concepción, es un regalo divino que nos permite contar y vivir, no sólo existir sino darnos cuenta de nuestra existencia. Eso es la bella vidita

  2. José Luis Vega López Reply

    Margaretha, mi querida Melendre me alegro mucho saber que este año se escribirá el libro completo.

    Salto una Iguana contra la ventana

    Un capítulo de poéticos relatos, que son parte  de la creación, así de complejos y simples  como lo describe el poeta romano Ovidio, en su obra  Metamorfosis.
     
    Y como amante del Valle de la Purificación (Samaipata) quiero destacar lo que Melendre dice :
    ” Allí, en Samaipata, nos estaba esperando un terreno verde, donde siempre brillaba el sol dorado, cubriendo todo con el color resplandor del oro caluroso. Y Bolivia, un país con pueblos y ciudades situados entre la Edad Media, el siglo diecinueve y los años veinte, quizás treinta, del siglo veinte, como nosotros lo veíamos en aquella época”. (1984)

    “Este mundito tan pacífico a la vista, no obligaba a nada, no exigía involucrarse y nos servía como una música de fondo sin pretensiones.  No pertenecíamos a ninguna clase y podíamos relacionarnos con todas. Esta posición nos dio el lujo de un espacio libre, enorme, en donde podíamos reinventarnos, un lujo imprevisto”

    “Desligados de las normas y el ritmo de allí, Europa, y dos bichos raros acá, sin los complejos de estatus, de raza, de modales, de discriminación, explotación, opresión y género, empezábamos a desplegar nuestros talentos, hasta los dormidos y no conocidos. Y los usábamos”

    Para mi la frase de este capítulo es :

    ACEPTO QUE LLEVO LA ROCA DE MI ALMA EN LA PALMA DE MI MANO Y QUE LOS ROCES SIRVEN PARA ESCULPIRLA.

    Estoy seguro que si Plubio Ovidio Nason, la hubiera leído se la copiaba.
    José Luis Vega López

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