×

2. Volátil

Estoy en Sucre, dos días antes de las elecciones nacionales. Nos parece interesante pasar el domingo memorable en la capital. Siempre volvemos a esta ciudad tremendamente aburrida, y por ello tan apropiada para tomar una pequeña vacación. En la habitación con vista al jardín amurallado en la parte posterior de la casona colonial, ahora hotel, escribo y tejo, leemos y hablamos, analizando todo hasta los más pequeños detalles, como de costumbre, alternando. Cada día salimos unas horas a caminar, a absorber la atmósfera deliciosa de antigüedad de los edificios en el centro. O subimos lentamente a tomar el café o almorzar justo debajo de la Recoleta, disfrutando del panorama magnífico sobre la ciudad. Cenamos con paisanos en un restaurant o solos los dos, según el ánimo del momento.

Justo aquí nació la idea de venir a vivir a Bolivia. Era Sucre a donde volvimos primero a buscar un nuevo hogar. Tendría que ser cerca de las comunidades indígenas. Me habían encantado, más bien, intrigado durante los días de visita con la directora holandesa de Plan de Padrinos, una ONG. Zigzagueamos por los ríos secos a challar escuelas, a controlar el poste sanitario. Mira como baila la gringa con el líder de la comunidad, como si fuera su propia música, cómo logra penetrar la mirada baja de las mujeres atrapando fuertemente sus manos, cómo ríe a carcajadas por las cabriolas de los niños, jugando con la pelota de fútbol regalada sobre los bancos arenosos del río seco. La Bolivia Mágica de Chuquisaca, los paisajes majestuosos, los cerros azulados por una luz misteriosa. Sin embargo, a pesar de la tentadora cortesía mostrada hacia dos gringos altos, hermosos, rubios y capaces, no se materializó el sueño de quedarnos. El elitismo de los sucrenses empezó a sofocarnos y la sutil segregación de razas nos causó escalofríos. La búsqueda nos llevó aun a Tarija, para terminar un día de enero de 1984, cuando el micro cacharro de Don Hermógenes nos plantó en la plaza de Samaipata.

El pueblo nos parecía como uno de La Edad Media, o sea, de cien años atrás en el tiempo. Que la riada del año anterior había destrozado la carretera, y que por ello los jóvenes salieron a buscarse la vida en la ciudad, y que los productos en el mercado nos parecían pocos, todo eso lo consideramos en beneficio de lo que buscábamos. Era el terreno mismo, la colina verdosa que hoy se llama Finca La Víspera, que nos convenció por completo. Decidimos comprarlo, sin plan, sin otro motivo que el Bienvivir junto a la Naturaleza. La intención era, seriamente, ser aprendices de los lugareños. A pesar de que ellos no eran indígenas, les atribuimos a ciegas ese poder boliviano fascinante: el sobrevivir con lo mínimo necesario y aparecer contentos y festivos casi todos los domingos.

Llega el domingo de las elecciones. Caminamos hacia el parque atravesando todo el centro de la ciudad, lleno de familias relajadas, niños jugando, jóvenes en ropa de deporte, muchos en bicicleta. Una atmósfera alegre, cuasi inocente, cuasi festivo. Los puntos de sufragio están bien guardados por militares en todo su esplendor, armados. Tomamos el té de la tarde en la habitación y sigo escribiendo. Caída la noche cenamos en El Florín, en la calle Bolívar. De golpe las noticias anuncian el paro del conteo de votos. Volviendo al hotel por la calle silenciosa, vemos en la vereda al frente una tropita de soldados en fila marchando y luego instalándose en las gradas de la oscurecida entrada del colegio grande. Susurro: “¿Qué será que pasa allí adentro, contando los votos? ¿Será que hay observadores presentes?” No veo ningún auto en toda la cuadra y no se ve a nadie más. Me siento incomoda, qué siniestro, ¿alguien ya empezó la guerra?

Cómo les fue a los aventureros en sus primeros meses, me estoy acordando durante las noches que vienen. Camino de regreso, sin dormir las suficientes horas. La memoria es una cosa muy genial, está vibrando en varias partes del cerebro, nunca en una sola. Siento vibraciones fuertes moviéndose de un lado al otro. Me muestran montones de imágenes, capas y más capas se están acumulando. La narradora se entremete, ya empieza a formular frases, se pone muy excitada, quiere contar todo en una sola explosión. Me pierdo en el caos mental. Al mismo tiempo escucho explosiones en las calles cercanas, ¿veo relámpagos por la ventana? Salgo de la cama y comento: “¿A ti no te parece fuego también?” Decidimos que debemos intentar dormir hasta mañana.

El día nos informa: Se quemó el edificio del Tribunal Electoral Departamental. El centro de Sucre se llena de jóvenes manifestantes, hay marchas, hay explosiones de cohetes, saltan arriba abajo, gritando: “¡Evo cabrón, Evo cabrón!”, en un ritmo contagioso. Dos días la observamos, filmamos y aplaudimos la rebelión por dentro, apoyando la indignación. Atentos seguimos las noticias a cada rato, tensos y conscientes que asistimos a la aceleración repentina de la historia boliviana.

A las seis de la mañana escapamos de un Sucre ya cerrándose y logramos volar a Santa Cruz. Un piloto experto de Viru Viru taxis nos lleva maniobrándose cuidadosamente por las calles ya bloqueadas de la ciudad. Dos horas más tarde nos acomodamos, por no sabemos cuántas noches iban a ser, en el hotel cerca de la plaza. Encontramos dos restaurantes siempre abiertos. Durante el día vivimos el paro, caminando por las calles intercambiamos la sonrisa de conspiradores con paseantes y bloqueadores en la calle. Somos los únicos gringos. A veces nos acercan y nos preguntan: “¿Ustedes no pudieron volver a su país?” Y contestamos: “No se preocupen, estamos atrapados, vivimos en Samaipata, ya treinta y tantos años. ¡Somos cambingos, camba/gringos, una nueva raza, si nos permiten!” Y a todos lo provocan una risa: qué distracción simpática.

De noche me echo, pero no duermo. El obsesivo excavar en mis recuerdos amenaza con poder empezar de nuevo. Ese dolor en mi pecho conozco. Escucho la voz de mi madre advirtiéndome: “Piensas demasiado, ¡llegará el día en que perderás tu cerebro por completo!” Busco mi respiración, la sigo, y sigo, ya me calma un poco. Mi cerebro me sugiere una solución: me imagino mi memoria como un paisaje enorme debajo de mí, yo volando por encima de ella. Soy ave grande, milano o falcón. Conozco el paisaje, lo admiro, es el mismo inmenso y extraño que se ve entre Sucre y el río Grande, volando en dirección a Samaipata. Con todo mi ser busco encontrar escenas completas para revivirlas como si fueran de hoy. No se mueve nada, no veo vida, unos grupitos de mini casitas, ríos secos, tierras coñac, unas manchas verdes en las quebradas. Subo y bajo, me desespero, ya no tengo aire: un cuerpo enorme, carnoso y blando, me está asfixiando. En seguida escucho la voz tierna, una brisa fresca, diciéndome: “Discúlpame, no me queda otro. Los recuerdos, tú sabes, emergen del ahora, del ahora vertical en el tiempo. Nunca puedes volver en el tiempo, siempre vas a necesitar el uso de tu imaginación, y eso es normal. Deja ese vuelo de pájaro insensato, páralo, tonta obstinada mía. ¿En qué mundo estás ya tantos días atrapada? ¡Las imágenes de hoy ya son demasiado abrumadoras!”

Me doy por vencida, me siento aliviada, aún agradecida. Vuelvo en línea recta a mi lado más seco y sobrio. Rio y grito, suavecito, porque él duerme todavía. Esa realidad de los paros, del fraude, esta situación ignífuga necesita tu atención inmediata. ¿Son dolores de crecimiento? ¿Emerge Bolivia a ser una nación del siglo 21? Puede que la historia de Bolivia no sea la tuya, sin embargo, sí, fuiste una partícipe ávida de ella en los últimos treinta y seis años. Los lindos relatos de la inocencia de los primeros tiempos simplemente tienen que esperar.

Entre Sucre y Santa Cruz, 16 de octubre hasta el 3 de noviembre, cuando pudimos llegar a Samaipata, por fin.

Foto adjunta:

-‘La alegría de la Pachamama’, pintura de Carmen Alvarez Daza. (Aprox año 1975, La Paz)

Author

Deja un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.